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Las canciones que soñaron historias ILa esquina doblada

Marta dobla la esquina de las páginas.
No las suyas. Las mías. Si se encuentra un libro abierto boca abajo en el sofá, lo cierra, le dobla la esquina por donde iba y lo deja en la mesa. Lleva haciéndolo treinta y un años. Yo llevo treinta y un años deshaciendo el pliegue con la uña, sin decir nada, y siguiendo por donde estaba.
Nunca le he dado las gracias. Tampoco le he dicho nunca que no lo haga.
Hace once días que se fue a casa de su hermana. No hubo portazo. Hizo la maleta un martes por la tarde, mientras yo veía cómo la hacía, y antes de salir me dijo que necesitaba pensar. Le pregunté cuánto. Me dijo que si lo supiera no haría falta pensarlo.
Desde entonces he estado echando cuentas. No de lo que hice mal, que eso es fácil y además consuela. De lo otro.
El primer año que vivimos juntos, ella se levantaba a las seis menos cuarto para llegar al hospital. Yo entraba a las nueve. Todas las mañanas, antes de irse, me dejaba la cafetera puesta y la taza al lado, boca abajo sobre el paño. Yo me lo encontraba hecho y me parecía normal. Tardé años en preguntarme a qué hora tenía que levantarse para que aquello estuviera hecho.
Nunca se lo pregunté. Lo estoy preguntando ahora, que ya no sirve de nada.
En el noventa y seis me quedé sin trabajo. Estuve ocho meses en casa. Me acuerdo perfectamente de mi humillación, de las mañanas largas, de lo mal que me trataba a mí mismo. No me acuerdo de qué hizo ella durante esos ocho meses. No tengo ni una escena. Y algo tuvo que hacer, porque comimos todos los días.
Cuando murió mi padre, ella condujo las tres horas de ida y las tres de vuelta, y en el funeral estuvo de pie junto a la puerta, hablando con los que llegaban, para que yo no tuviera que hablar con nadie. Eso sí lo recuerdo. Lo que no recuerdo es haberle preguntado, en todo aquel día, cómo estaba ella, que también lo quería.
Podría seguir. He seguido, estas once noches.
Hubo una época en que yo buscaba el fallo.
No lo digo con orgullo. Los primeros años, cuando uno todavía cree que las personas se pueden resumir, yo esperaba encontrarle la grieta. Todo el mundo tiene una. La mezquindad que le sale cuando está cansado, la cosa fea que dice de alguien cuando cierra la puerta. Yo esperaba la de Marta con una paciencia que ahora me da vergüenza, porque esperar el fallo de alguien es una manera educada de querer que baje a tu altura.
No apareció.
En treinta y un años no le he oído decir una sola cosa sucia de nadie. Ni una. Y no por buena, que eso sería aburrido y además mentira: se ha enfadado lo suyo, y conmigo más que con nadie. Es que no le sale. Es como pedirle a alguien que suba un tono que no tiene en la voz.
Durante mucho tiempo pensé que eso era falta de carácter. Me costó una barbaridad entender que era al revés. Y todavía me costó más entender lo que venía detrás, que es lo que llevo once días sabiendo y no había sabido nunca:
que yo no estaba a su altura, y que ella lo sabía desde el principio, y se quedó igual.
Eso es lo que no se perdona uno. No haberla merecido es soportable. Que ella lo supiera y no me lo echara en cara ni una vez en treinta y un años, eso ya no.
Hay una cosa que decía Marta. Cuando yo llegaba a casa contando algo del trabajo que nadie me había creído —un cliente, un jefe, una de esas injusticias pequeñas de todos los días—, ella escuchaba hasta el final, que es algo que yo no he hecho nunca con nadie, y luego decía: «Eres como el astronauta que vio a Elvis». Lo decía sin burla. Era su manera de decirme que lo que me dolía no era que no me creyeran, sino no tener forma de enseñárselo a nadie.
Llevo once noches dándole vueltas a esa frase, y he acabado entendiendo que iba al revés. El que vio algo y no se lo contó a nadie he sido yo. Treinta y un años con una cosa delante que no sabría explicar, y no es que no me creyeran: es que no lo dije. No se lo dije a ella, que era la única que tenía que oírlo. Estaba ahí, en la cocina, todas las mañanas, y a mí me parecía el paisaje.
Lo raro de esta casa no ha sido nunca ella. He sido yo.
Esta tarde he sacado de la estantería un libro que se estaba leyendo ella en primavera. Lo dejó a medias. Tiene una esquina doblada por la página ciento y pico.
La he abierto por ahí y la he leído entera, buscando no sé qué. No dice nada. Es una página normal, en mitad de un capítulo, donde no pasa nada importante. Se ve que llegó hasta ahí, le entró sueño y dobló la esquina para saber por dónde iba.
Y entonces me he dado cuenta de una cosa tan tonta que me ha tenido veinte minutos sentado en el suelo con el libro en las manos.
En treinta y un años, yo no le he doblado nunca una esquina.
Ni una. Ella me ha guardado el sitio en todos los libros que he dejado abiertos en el sofá, y yo he deshecho el pliegue con la uña y he seguido leyendo, y jamás, ni una sola vez, se me ha ocurrido cerrarle el suyo y dejarle señalado por dónde iba.
No es el peor de mis fallos. Ni siquiera es un fallo. Es peor que eso: es la medida exacta de la diferencia.
He dejado su libro en la mesa del salón, cerrado, con la esquina como estaba. Y he cogido el mío, el que estoy leyendo yo, y he doblado la esquina de la página por donde iba, que es una cosa que no había hecho nunca y que además me duele hacer, porque los libros no se maltratan. Lo he dejado al lado del suyo.
No arregla nada. Ya sé que no arregla nada.
Pero si el viernes viene a por más ropa —dijo que vendría el viernes a por más ropa—, va a pasar por el salón, y va a ver los dos libros ahí, uno al lado del otro, los dos con su esquina.
Y ella entiende esas cosas. Siempre las ha entendido.
Es lo único que tengo para enseñarle.
Luis D. Rico