Ludorigo Ediciones · sello editorial
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La Olympia azul

Mi abuelo Pepe era el maestro del pueblo. Cuando yo lo conocí ya estaba jubilado, así que no lo vi nunca dar una clase. Lo que vi fue otra cosa: yo me levantaba para ir a la escuela y él ya llevaba un rato escribiendo. Siempre. Con una Olympia azul, en la mesa camilla, con ese ruido de tecla que ahora no se oye en ninguna casa.

Nunca le pregunté qué escribía. Uno no pregunta esas cosas a los ocho años; da por hecho que los abuelos hacen lo que hacen porque son abuelos. Solo mucho después caí en que aquello no se lo había mandado nadie. Ya no tenía alumnos, ni exámenes, ni programación que preparar. Escribía porque sí, todas las mañanas, como quien cumple con algo.

Han pasado cuarenta años y acabo de publicar una novela sobre un maestro de pueblo que apuntaba en unos cuadernos todo lo que pasaba a su alrededor. Supongo que era cuestión de tiempo.


Relatos de un suspiro empieza con una mujer que cruza un puente.

Lo cruza cada mañana, a la misma hora, con un cesto tapado. Todo el pueblo sabe a qué hora pasa. Todo el pueblo sabe que lleva comida a alguien que está escondido. Y nadie pregunta nunca a quién, porque preguntar era ya saber, y saber era ya ser parte.

A partir de ahí es la historia de un pueblo colgado sobre el río durante setenta años: los que escribieron las listas y los que las firmaron, los que escondieron los libros y los instrumentos en las cuevas, los que aprendieron a leer a la luz de un candil, los que se fueron con una maleta de cartón y los que no pudieron irse nunca.

No es una novela sobre la Guerra Civil. Es una novela sobre la gente que la padeció, de un bando y del otro. No hay buenos ni malos: hay hombres y mujeres a los que las circunstancias pusieron a elegir, y que eligieron como pudieron. La miseria reparte las cartas, pero cada cual juega su mano.


El pueblo se llama Alcalá. Es Alcalá y no es Alcalá: está inspirado en el mío, pero se llama así a secas precisamente porque podría ser cualquiera. En toda España hubo un pueblo así.

Los personajes están inventados. Todos, menos cuatro homenajes: mis abuelos, los abuelos de mi mujer y el hombre que enseñó música a varias generaciones en el pueblo. A ellos les inventé una vida y les copié el alma.

Nada de esto pasó así, y todo esto pasó.


El subtítulo del libro es Para devolver leído. Es lo que el maestro escribía en los libros que prestaba a los vecinos, en un pueblo donde mucha gente no sabía leer. Y es lo que aparece, sesenta años después, en un paquete de papel de estraza escondido detrás de los tomos de una enciclopedia.

Porque lo que te dejan los que vinieron antes no se devuelve igual que te lo dieron. Se devuelve leído.


Tardé media vida en escribirlo y no se lo conté a nadie hasta el día que lo terminé. No quería anunciar un libro y luego no ser capaz de acabarlo.

Ya está acabado. Ahora es vuestro.

Luis D. Rico

De la Olympia saldrá algo nuevo cuando la inspiración quiera. Si quieres que te avise, escríbeme y te mando una línea cada vez que haya entrada.

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